De Les Luthiers a los All Blacks

De Les Luthiers a los All Blacks

El viernes pasado, y a falta de un plan mejor, me senté frente al televisor para ver el acto de entrega de los premios Princesa de Asturias. Sentía curiosidad por ver y escuchar a Les Luthiers, mis cómicos de cabecera y sempiternos aspirantes al galardón. Este año por fin se hizo justicia y recibieron, más que merecidamente, el correspondiente a Comunicación y Humanidades. Me gustó el discurso de agradecimiento que pronunció Marcos Mundstock. Muy correcto, sin alardes y ajustado al protocolo. Me quedo con su reflexión de que el ejercicio del humorismo “mejora la vida y permite contemplar las cosas de una manera distinta… lúdica, pero sobre todo lúcida, a la cual no llegan otros mecanismos de la razón”. Espero que estos genios del humor, maestros de los juegos de palabras y grandes conocedores y amantes del lenguaje y de los instrumentos imposibles, siga en los escenarios mucho tiempo. Ya llevan cincuenta, pero ojalá puedan dedicarnos más. Por cierto, ¡cómo eché de menos a Daniel Rabinovich! Le honra a Mundstock la dedicatoria que dedicó al periodista y amigo Álex Grijelmo, incansable impulsor de su candidatura a los premios. De él dijo: ” ¡Qué suerte que esta vez se haya salido con la suya!… ¡Más que nada nos alegramos por él! Me quedé con ganas de que Les Luthiers regalaran a los presentes alguna muestra de su inteligente y refinado humor. Supongo que el protocolo y la ceremonia del acto no lo aconsejaba, pero no ocurrió lo mismo con los All Blacks, los representrantes del legendario equipo de rugby neozelandés premiados con el Princesa de Asturias de los Deportes, que se...

Mis héroes galeses

Descubrí el rugby hace mucho tiempo, gracias a la televisión en blanco y negro y a los comentarios de Celso Vázquez, aquel locutor que en la sobremesa de los sábados ilustraba a los españoles sobre las peculiaridades de aquel deporte rudo y en apariencia violento. Gracias a él conocí el significado de la Triple Corona, la Cuchara de Madera y el Grand Slam. Por él supe de lo que era la melé espontánea, la patada a seguir y el ensayo. Celso Vázquez explicaba, una y otra vez, que las dos Irlandas jugaban el Torneo de las Cinco Naciones (Italia no participaba entonces) en un sólo equipo, con las misma camiseta, el mismo escudo y el mismo himno. Y fue entonces cuando me hice seguidor de la selección del País de Gales, la que mejor jugaba, la que casi siempre arrasaba a sus rivales. En aquel equipo de primeros años de los setenta jugaban monstruos como el elegante y frágil John Barry, el escurridizo y genial Phil Bennett y el indomable JPR Williams, el de las patillas de bandolero y las medias a lo Sanchís. Recuerdo aquellos duelos con Inglaterra, con aquellos jugadores que vestían unas camisetas de blanco impoluto (cuando acababa el partido aquello era bien diferente), en las que sobresalía una impresionante rosa roja. En aquellos tiempos yo no entendía muy bien el significado de aquel emblema y estaba más acostumbrado a la tradición heráldica, con motivos de armas y animales mitológicos. Pero aquella rosa roja, al igual que los héroes galeses, permaneció mucho tiempo entre mis recuerdos. Sí, yo era del País de Gales, tierra de mineros...